Exhibiciones
CUEVA EXPANDIDA
Alejandra Koreck
Cecilia Meroño
Laura Portigliatti
María Alicia Sallaberry
CURADORA
Mariana Rodriguez Iglesias
Devenir erosión: memorias, umbrales y poesías después de expandir las cuevas de Cantabria
En las profundidades de Cantabria, la naturaleza y la humanidad han dejado marcas milenarias de un magnetismo perdurable. El agua esculpió cuevas y galerías en la piedra; la mano de seres bípedos trazó signos aún indescifrables. En ese escenario, cuatro artistas argentinas se sumergieron en un tiempo que fusiona presente y prehistoria. Lo hicieron para dialogar, cada una a su modo, con los ecos de presencias ancestrales guardados en esos milenios de erosión y marcas inadvertidas. De esta inmersión compartida* nace Cueva Expandida, exposición que reúne las obras de Alejandra Koreck, Cecilia Meroño, Laura Portigliatti y Maria Alicia Sallaberry. Estas creadoras dilatan la cueva más allá de su forma geológica y la transforman en un espacio simbólico donde el tiempo incalculable se entreteje con memorias personales, ausencias emocionales y legados invisibles.
*Las artistas participaron de NAT Residencia de arte, organizada por Circle Pro Art a cargo de Andrea Juan y Gabriel
Penedo Diego.
Alejandra Koreck despliega una instalación collage a escala humana. Fotografías capturadas en Cantabria —abrazos, papeles arrugados, destellos de luz, letras fragmentadas y puntos suspensivos inspirados en la galería de discos de la cueva El Castillo— se ensamblan directamente sobre la pared de la sala. Aquí, la unidad euclidiana de tiempo y espacio se quiebra como un eco sutil. Esa línea progresiva, devoradora del pasado en su avance hacia un futuro incierto, pierde dominio. En su lugar, múltiples tiempos y fragmentos de espacios convergen en un caos sin jerarquía, esencia del collage. En este enfoque, un lapsus lingüístico —“Y (J) OY”— se convierte en motor: el sinsentido como materia vital, capaz de resonar con el tiempo geológico y con la fragilidad del presente. Un video complementario acentúa el abrazo como pulso vital.
Cecilia Meroño personifica la cueva como un cuerpo vivo, erosionado por inundaciones y deslizamientos, pero siempre dispuesto a ofrecer cobijo. Sus telas colgantes evocan estalactitas, serpientes o despojos, prolongando la experiencia sensorial de lo subterráneo. En diálogo con su formación como orfebre y joyera, incorpora el gofrado como recurso: copiar la forma de una rama y hacerla transitar de negativo a positivo, de cóncavo a convexo, como si el paisaje pudiera ser construido y reconstruido por la mano. Huesos, marcas y huellas reconfigurados en esa operación insisten en la dualidad —erosión y abrigo, dolor y amor— y revelan a la cueva como interior mutable,
siempre grabado por el tiempo.
Laura Portigliatti explora la trascendencia temporal a través de tres dípticos en acrílico sobre lienzo —La Puerta sin Hora, Cronoclasma y Arqueología de la Memoria— que representan cuevas o figuras extrañas, evocando presencias ancestrales y ausencias personales. El proceso de extraer figuras del soporte original deja vacíos suturados con hilos, reorganizados en un bastidor circular como marco de bordado. Esta tensión entre recorte y tejido resalta la huella ritual, la memoria fragmentada y la transmisión como pasaje activo, donde los hilos tejen una nueva trama entre pasado y presente, como un legado que se rehace en el vacío.
María Alicia Sallaberry aborda la memoria como un archivo encarnado, siempre frágil y en disputa. A través de transferencias sobre telas traslúcidas y costuras en hilo rojo, sus imágenes familiares —rostros, manos, historias— aparecen veladas, desteñidas o deshilachadas, como si el recuerdo escapara de ser fijado del todo. Espejos –dispositivos de la identidad– son esquinados para multiplicar sus reflejos: las manos se repiten en gestos de espera, sostén y contacto. Entre los pliegues y transparencias, hilos sueltos y ovillos marcan la imposibilidad de cerrar la herida, pero también la fuerza vital que sutura lo que alguna vez fue quebrado. En ese movimiento, lo íntimo se vuelve colectivo y lo que parecía un secreto familiar se convierte en una resonancia compartida. Son un cuerpo vivo que insiste en transformarse.
En conjunto, las obras convierten la cueva en un espacio expandido: un umbral poético donde lo geológico se funde con lo íntimo. Allí, la erosión deviene memoria, la pérdida reverbera y los vacíos se transforman en vínculo.
Mariana Rodríguez Iglesias
Buenos Aires, Invierno de 2025
